El politólogo Agustín Basave, quien se dirigía rumbo a un centro comercial al momento del mítin, reconoció no haber leído la Ley del ISSSTE aprobada por los diputados ni conocerla a detalle, pero “así, prima facie [en primera instancia], no me gusta”.
Tuesday, March 27, 2007
STUNAM bloquea Insurgentes Sur en protesta a las reformas a Ley del ISSSTE
El politólogo Agustín Basave, quien se dirigía rumbo a un centro comercial al momento del mítin, reconoció no haber leído la Ley del ISSSTE aprobada por los diputados ni conocerla a detalle, pero “así, prima facie [en primera instancia], no me gusta”.
Saturday, March 24, 2007
Una mujer, una historia, un amor
Por el contrario, existen otras figuras que, ya sea por su actuación en los hechos que los tocó vivir o por prejuicios —mitos también— que rayan en el linchamiento, son repudiadas o, cuando menos, marcadas con el no muy prestigioso signo de la ambigüedad. Este último, me parece, es el caso de Malinalli, la indígena que sirvió de intérprete a Hernán Cortés. Malinalli, sí, o en todo caso doña Marina, no Malinche, porque, según lo plantea Marisol Martín del Campo en su novela Amor y conquista, “Malinche” era el propio Cortés, es decir, en náhuatl, “el capitán de Malinalli”.
En este texto, precedido por una exhaustiva investigación histórica, la autora se da a la tarea de reivindicar a Malinalli. La presenta no como a la mujer que sin escrúpulos traicionó a los suyos, sino como a aquella que de niña, hija de una familia pobre en época de hambruna, fue vendida por sus padres a cambio de algo que les permitiera sustentar a sus hermanos. Una mujer que fue esclava: primero de los mayas, luego de los españoles. Una mujer que encontró la pasión y el amor en Alonso Hernández Portocarrero y después en el nacom Cortés. Una mujer que, a la larga, a fuerza de convivir y entender a los europeos —en particular a hombres como Juan Pérez de Arteaga o el mismo Bernal Díaz del Castillo—, terminó identificándose más con ellos que con su propia etnia.
Así pues, Amor y conquista puede considerarse, en primera instancia, una obra regida por la feminidad. Es, por así decirlo, sin dejo alguno de sexismo, una defensa “de mujer a mujer”. Sólo una escritora —no un escritor— podía haberse adentrado a ese grado en la vida, la mente y los sentimientos de su protagonista, imaginado sus reacciones y comprendido sus dichas y sufrimientos. “Qué fácil era vivir con un único camino por delante, segura de la verdad enseñada, creyendo en la solidez de tu mundo”, tal es la frase que Martín del Campo pone en boca de Malinalli para expresar su confusión ante los cambios y los caóticos momentos que debió enfrentar.
Valga agregar que invariablemente la autora se vale de otras mujeres para narrar el relato de la Conquista y reparar en las condiciones particulares de éstas durante aquel periodo. Aparecen, por ejemplo, la ciuatlatoani Miahuaxochitl, Ozlaxuichitl, su ayudante, y la princesa Tecuichpotzin, quien fuera esposa de Cuauhtemoc, el último emperador mexica.
En otro ámbito, en tanto novela histórica este libro es una reconstrucción de hechos, y si bien es cierto que podría señalarse un “sesgo” o “parcialidad” en el tratamiento de los acontecimientos dado que es evidente la inclinación por el lado indígena, la obra cumple con el propósito de proponer y exponer otra versión, la “visión de los vencidos” en palabras de Miguel León Portilla. Además, pese a sus preferencias, a través de Malinalli Martín del Campo se da espacio para una crítica general: “[...] ya he aprendido que la guerra es violencia, sangre, destrucción. Y he visto que todos los hombres, sean mexicas, españoles, tlaxcaltecas, son dadores de muerte, todos desean más tierras, más esclavos, más dominios, más poder”.
Dentro de esa visión, desde la perspectiva de la gramática ortodoxa, aunque un servidor podría acusar alguna falta de rigor en la puntuación, es posible que, como la propia autora lo aclara, la construcción de sus enunciados, al igual que el uso de vocablos indígenas en lengua original, tenga la finalidad de reproducir y proyectar lo más fielmente posible el pensar y el sentir de los pueblos prehispánicos.
Hasta aquí he dicho que la novela de Marisol Martín del Campo es una defensa “de mujer a mujer”, de la escritora hacia su protagonista. También he comentado que es una reconstrucción de hechos históricos desde el punto de vista de quienes fueron conquistados.
Pues bien, en tercer lugar —y con este aspecto deseo cerrar— , el libro es asimismo un compendio de reflexiones sobre el amor. Algunas de ellas, como la siguiente, poseen un erotismo notable: “En esos encuentros no somos ni Malinalli ni el capitán Cortés, somos un hombre y una mujer que se atraen y se sacian, no tenemos dioses, reglas, convenciones, sólo hambre de nuestros cuerpos”.
Otras, en su aparente simpleza, guardan significaciones profundas. Cito dos: “[...] uno nota cuando dos personas se gustan, cuando semejan dos ramas del mismo árbol”, y “[...] el amor se refleja en el instante de más que dura una mirada o una caricia [...]”.
Unas más, por último, gracias a su certeza, me dejan admirado. “El crecer junto a alguien crea lazos difíciles de romper [...]”, se reza evocando la vida, el camino que se ha compartido con fraternidad. O ésta, que dicta con toda sabiduría: “[...] será que cuando amamos a alguien recto nos volvemos mejores”. Sin temor a equivocarme, suscribo ambas.
MARTÍN DEL CAMPO, Marisol. Amor y conquista [1999]. Barcelona, Planeta, Booket, 2002.
Thursday, March 22, 2007
"Tomará tiempo solución definitiva a conflicto en Irlanda del Norte": León Molina
Londres decidirá el 26 de marzo si regresa autonomía a la región
Tras su victoria en las elecciones para la asamblea legislativa de Irlanda del Norte, es posible que el Partido Democrático Unionista y el Sinn Fein logren conformar un gobierno conjunto antes del 26 de marzo, pero una solución definitiva al conflicto en la región tomará más tiempo, consideró Carlos León Molina, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Del acuerdo entre ambos partidos de "radicales" dependerá que el próximo lunes Gran Bretaña decida si regresa o no la autonomía al territorio, suspendida en 2002 debido a que el Ejército Republicano Irlandés (ERI) fue acusado de espionaje en la sede del gobierno de Stormont. Desde ese año la provincia se encuentra bajo el control directo de Londres. De no lograrse un consenso, el parlamento quedaría disuelto e Irlanda del Norte permanecería con una administración británica.
León Molina, quien realizó su tesis de doctorado sobre el conflicto norirlandés, explicó que Irlanda del Norte es una región con soberanía británica, por lo que la autonomía se traduciría principalmente en que la asamblea pueda determinar asuntos de educación, salud y seguridad social, mas no cuestiones como las referentes a la política exterior.
Acerca de las elecciones parlamentarias del 7 de marzo, para el profesor de Geopolítica y Comunicación y Comunicaciones Internacionales, los 36 de 108 escaños (30% de la votación) obtenidos por el Partido Democrático Unionista (DUP, por sus siglas en inglés), liderado por el reverendo protestante Ian Paisley, habla de que una mayoría relativa desea que Irlanda del Norte recupere su autonomía pero siga siendo de nacionalidad británica. Por su parte, el Sinn Fein, brazo político del ERI, católico y dirigido por Gerry Adams, consiguió 28 escaños (26% de los sufragios), con lo que se erige como segunda fuerza política.
Desgaste y ejemplo
Según el académico, después de 30 años de terrorismo y miles de muertos, "ya está agotado el conflicto, el ERI ya no tiene razón de ser". De manera gradual, la dinámica y el desgaste —expuso— fueron conduciendo a que los grupos opuestos, protestantes probritánicos y católicos nacionalistas, moderaran sus posiciones extremas, aunque sin abandonarlas, y buscaran la vía de la negociación.
Igualmente, a lo largo de la década de los 90 la actuación de Estados Unidos durante la presidencia de Bill Clinton tuvo una influencia importante.
Añadió que el afán de solucionar los problemas en Irlanda del Norte y el "relativo éxito" en este intento han sido tomados como "un cierto ejemplo o inspiración" para hallar salidas a otras disputas aparentemente irreconciliables, como la que tiene lugar entre los separatistas del País Vasco y el gobierno de España. En ese sentido, recordó que Gerry Adams ya ha sostenido charlas con algunos de los involucrados.
FE DE ERRATAS
El presente texto fue editado. La versión original, aparecida en este blog el jueves 22 de marzo, contenía varios errores que fueron corregidos a petición de y gracias al entrevistado. Entre ellos reconozco los siguientes: haber señalado que la República de Irlanda, representada por su sede en Dublín, tendría poder de decisión en la autonomía de Irlanda del Norte cuando no es así; haber identificado por igual a Inglaterra con Gran Bretaña (ésta se encuentra conformada por Inglaterra, Escocia y Gales, y junto con Irlanda del Norte integra al Reino Unido); no haber interpretado adecuadamente la lectura de la situación en el sentido de que ambos partidos en cuestión, DUP y Sinn Fein, y no sólo uno de ellos, tienen peso en la política norirlandesa; y no haber enfatizado la naturaleza paulatina del proceso que condujo de la violencia a las negociaciones. Ante el descuido el chascarrillo bobo: por algo una profesora de la carrera nos decía que la diferencia entre los errores de los médicos y los de los editores radica en que los primeros los entierran, mientras que los segundos los publican.
Sunday, March 11, 2007
Un año ‘bloggeando’
De acuerdo con las investigaciones, el ataque, conocido también como el 11-M, el mayor atentado terrorista en la historia de España, fue cometido por extremistas islámicos que, presumiblemente, intentaron emular al grupo saudita Al-Qaeda y lanzar represalias al gobierno español, entonces presidido por José María Aznar, debido a su apoyo a Estados Unidos en la invasión a Irak.
En esa línea, algunos analistas han señalado que, desde el punto de vista político, una de las consecuencias más directas de lo ocurrido fue la derrota de Aznar, del Partido Popular (PP), en las elecciones de ese año frente al candidato del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y a la fecha presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero.
Actualmente, los principales sospechosos, entre ellos el presunto autor intelectual, Rabei Osman el Sayed Ahmed, Mohamed el Egipcio, están siendo juzgados en los tribunales ibéricos.
En otros asuntos menos serios —o de plano más banales—, hace exactamente un año, el 11 de marzo del intenso 2006, este aspirante a periodista se decidió a superar su pereza habitual y, más tarde que temprano, cumplió con una de las tareas de su clase de Taller de Diseño Editorial: crear un blog al cual subir sus trabajos.
Me parece que más de uno de los miembros del grupo fuimos contagiados por la euforia inicial de este nuevo medio derivado de la Sociedad de la Información y el Conocimiento: desde una óptica “integrada” en palabras de Umberto Eco, la internet vista como un espacio que permite romper con el esquema de la comunicación vertical (de arriba hacia abajo) y que da preeminencia a la comunicación horizontal (hacia los lados, entre iguales), con lo cual y particularmente a través de un weblog, además, quien navega en el ciberespacio es capaz de ir más allá de ser un mero receptor de contenidos para convertirse en productor de los mismos.
Elucubraciones aparte, creo que terminamos siendo los menos quienes, después de la primera y efímera emoción de subir los pensamientos propios a la red, decidimos dar algo o mucho de continuidad a nuestros portales. (Comercial no solicitado y disfrazado de breve paréntesis: para un par de ejemplos de bloggers que con su prosa irreverente aunque con ideas y propósitos en extremo opuestos sí han actualizado sus respectivos espacios ver “Aquí nomás: ¡Echándola!”, http://mariomanterola.blogspot.com/, o “Necio Hutopo”, http://hutoyuyos.blogspot.com/.) Todo lo anterior me conduce a una pregunta... o más bien a varias.
¿Por qué “mantener” un blog? ¿Qué es lo que nos lleva, o mejor dicho, me ha llevado a publicar aquí aquello que escribo? ¿Y, en principio, qué me hace escribir? ¿Por qué escribo?
Un ex compañero, cuyo blog, “Desde la puerta de la crónica” (http://desdelapuertadelacronica.blogspot.com/), lamentablemente no siguió trabajando, diría que quienes mostramos vocación por las letras poseemos —¿padecemos?— cierta propensión a la marginalidad, inclinación a estar solos, a volcarnos no frente a otras personas sino frente a una hoja de papel o, cada vez más, frente a un monitor de computadora.
Ahora, si bien comparto esa visión romántica del escritor-ermitaño recluido en un rincón apartado tras haber conocido el mundo para después reflexionar al respecto y transformarlo en, por ejemplo, una gran novela, creo que, habiendo pasado un tiempo, las razones para escribir cambian, aumentan.
Escribir, estoy seguro, es un estupendo medio desahogo, una forma de dialogar con uno mismo, de —como dicen— “enfrentar los propios demonios”; una actividad, en fin, que puede tornarse casi vital. Sin embargo, pienso que llega un punto en que sólo escribir no basta. Los textos y sus autores necesitan ser leídos; sea para crítica o elogio, requerimos comunicarnos, conseguir retroalimentación, interactuar. En esa lógica, me parece que sería correcto aceptar uno de los planteamientos del filósofo Emmanuel Levinas: necesitamos al otro para afirmarnos y reafirmarnos a nosotros mismos, para saber y recordar que existimos.
Escribir, entonces, sería una forma de ser, de vivir, mientras que subir lo que escribimos a un blog se constituiría en una manera fácil, accesible y, claro, gratuita de intentar difundirnos, darnos a conocer, en resumen, de buscar que nos lean. Asimismo, escribir y publicar también pueden considerarse un ejercicio para reflexionar sobre el complejo mundo en que vivimos, sobre hechos tan impactantes como el mencionado al principio de estas líneas.
En síntesis: ¿por qué invitarlos a este blog? Fácil: por motivos —debo reconocerlo— fundamentalmente egoístas, o sea, para que me lean; para que, si les interesa, sepan algo de mí, de lo que pienso, de lo que hago, de lo que ocurre en este planeta e intento comprender. Tal vez uno o dos textos puedan resultarles de utilidad, informativos, entretenidos, qué sé yo. En última instancia el lector, cada lector, decide.
Y ya para no aburrirlos —como seguramente ya lo hice—, agradezco sinceramente a quienes por una u otra razón han echado un vistazo a este espacio y con sus comentarios, plasmados aquí o no, me han impulsado a seguir escribiendo. De verdad mil gracias. A quienes se animen a dedicar un poco de su tiempo a revisar lo publicado, espero, cuando menos, dejarles una sensación distinta a un triste “Acabo de desperdiciar cinco minutos de mi vida”. Pues bien, ojalá este primer año bloggeando no sea ni el único ni el último. Ante las vivencias, libros, películas y acontecimientos que vendrán, sin duda habrá mucho sobre lo cual escribir.
Friday, March 02, 2007
Gonzalo Guerrero, padre de una unión
En esta línea, en Gonzalo Guerrero Eugenio Aguirre viaja al comienzo de este proceso de mezclas étnicas, religiosas y culturales para novelar la vida de quien es considerado el padre del mestizaje.
A fin de lograr un texto más personal, íntimo, Aguirre recurre preferentemente a la voz del propio Gonzalo Guerrero para conducir el relato, a excepción de un par de capítulos escritos en tercera persona que sirven, primero, para introducir la época y los personajes, y, segundo, para dar una pausa en la transición que se opera en la existencia del español una vez que éste se ha establecido en tierras mayas.
De esa manera, el autor narra cómo este hombre originario de Palos, avezado en la navegación y en la guerra, decide unirse a la embarcación comandada por Pedro de Valdivia, la Santa María de la Barca, a pesar de los oráculos que le auguran desgracias y de que con ello abandone a las mujeres que ha enamorado.
Asimismo, Aguirre describe la trágica travesía de la nao en su pretendido retorno a la isla La Española. Después de perder la carga, la mayor parte de la tripulación y la esperanza, el viaje concluye con un naufragio en las costas de Yucatán, donde los sobrevivientes son atacados por las tribus del lugar. Sólo se salvan doña Margarita Anzures, el padre Jerónimo Aguilar y Gonzalo Guerrero, y a la larga, tras lograr escapar y ser capturados por los pobladores de Xamanhá, únicamente los dos hombres quedan con vida.
Durante algún tiempo ambos subsisten bajo el yugo de la esclavitud, pero su conducta ejemplar les gana la confianza de Taxmar, el cacique, y en particular a Gonzalo Guerrero le vale ser regalado y recomendado a Na Chan Can, señor de Ichpaatún. Este hombre y esta ciudad, respectivamente, se convierten en el suegro y el nuevo pueblo del español, a los que a la postre habrá de defender de sus propios hermanos de la madre patria.
Me parece que en esta novela el autor logra narrar una historia épica y a la vez rescatar la belleza del lenguaje. Valga de muestra la metáfora con la que Gonzalo Guerrero define su condición de marinero: “Soy hijo del mar y el viento, del agua y el horizonte que se unen en el lecho del infinito, allá en donde el sol tiene su cama y Vulcano su terrible fragua”.
Igualmente, pienso que Eugenio Aguirre aprovecha la ocasión para lanzar un par de legítimas denuncias. La primera de ellas critica la arraigada visión machista de la historia oficial: el recuento de los hechos realizados por hombres como si sólo éstos hubiesen intervenido. De las mujeres que acompañaron a los conquistadores, el narrador apunta: “Son tremendas y, sin embargo, la historia las ignorará. Se olvidarán sus nombres, sus acciones. De ellas no quedará más rastro que el de una sombra indefinida, sin contornos que sirvan para identificarlas”.
La segunda denuncia va en contra de una de las prácticas más comunes en aquellas primeras décadas de la llamada Edad Moderna, a saber, la esclavitud a la que las metrópolis sometían a los pobladores de las colonias conquistadas. Es así como incluso el protagonista, un europeo, percibe las contradicciones y se indigna ante la actitud de sus compatriotas frente a los esclavos: “¿Cómo era posible que estos hombres, que se consideraban los más civilizados de la tierra y ejemplo de la cristiandad, disputasen riquezas y poder sobre la vida de unos desgraciados cuyo único pecado era tener un color diferente?”.
Tampoco está de sobra citar esta interpretación de los “alardes” de la guerra, “que elevan el polvo como si fuesen un remolino, como si de la tierra brotaran esputos del demonio que lanzan a los hombres a la locura y al frenesí de lo irracional, de lo bestial”, o, por otro lado, la descripción de los rituales prehispánicos —sacrificios incluidos— y de cómo, a lo largo de la conquista espiritual, éstos fueron combinándose o siendo suplantados por las creencias europeas, por la imagen y la noción de ese dios amoroso, barbado y montado en una cruz.
A mi juicio, Aguirre presenta una novela ágil y muy humana en el sentido de que los personajes consiguen transmitir su sentir al lector y pugnan por valores como la amistad, la lealtad y el sacrificio individual por el bienestar de la comunidad a la que se pertenece.
No obstante, creo que el final pudo ser más contundente. Es cierto que basta con investigar un poco para saber cuándo y bajo qué circunstancias murió Gonzalo Guerrero, y que tal vez ese hecho dificulte idear un cierre para una novela histórica sobre este personaje, pero creo que habría sido posible, por ejemplo, describir esos últimos instantes con mayor dramatismo, con más intensidad.
Ahora bien, no dejo de reconocer el esfuerzo del autor por reconstruir el contexto sociohistórico del inicio de la conquista española a territorio mexicano y la vida de un personaje tan poco conocido o mencionado en la cultura popular —aunque tal vez deba hablar solamente en lo que a mí respecta—, pero cuya participación en la construcción de este país encierra un simbolismo enorme: ser el padre del mestizaje, el primer hombre que contrajo matrimonio con una indígena y engendró hijos, los primeros frutos vivos de la unión entre españoles y mesoamericanos. No más, pero tampoco menos.
Epílogo (casi) fuera de lugar
“Bitácora de una última clase”, perdonen la explicación, es el nombre que he decidido dar al conjunto de textos que se deriven de mi asistencia a la cátedra de Literatura y Sociedad II, impartida por Ignacio Trejo Fuentes en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
¿Por qué crear esta especie de diario dedicado en exclusivo a consignar lo que ocurra en la clase? No es sólo que el tema de la materia —la literatura y cómo se refleja la realidad social en determinados contextos históricos a través de ésta— me apasiona; tampoco se debe nada más a que, como le he comentado a mucha gente, he tenido que aguardar varios semestres para poder tomar un curso con quien es un periodista, escritor y crítico literario reconocido; es también, y en primera instancia, que oficialmente esta asignatura será la última que curse como estudiante de licenciatura.
Terminada la acotación, ofrezco a ustedes una nueva disculpa, o mejor, una justificación a la nostalgia anticipada: quiero hacer de ésta una experiencia, en el amplio sentido de la palabra, memorable.
Wednesday, February 28, 2007
Estados Unidos e Irán, ¿a la guerra?
Hace unos días conocí la opinión de uno de los lectores de El Universal en el sentido de que Estados Unidos está planeando invadir Irán y sólo espera el pretexto oportuno para hacerlo. No dudo que, con algunos o muchos fundamentos, más personas piensen del mismo modo.
Sin embargo —y con esto no pretendo defender a la administración Bush ni nada similar—, creo que es bastante más realista, en primer lugar, abandonar esa visión de la hegemonía estadounidense, la concepción de EU como el tirano del mundo que únicamente busca ampliar su esfera de dominación y sin mayores obstáculos lo consigue.
Aún es la primera potencia mundial, sí; ha buscado y sigue buscando expandir su esfera de influencia aunque con ello haya demostrado sus contradicciones e intransigencias, como en su renuencia a adoptar el Protocolo de Kioto, también; pero, como lo han señalado articulistas como el británico Timothy Garton Ash, hoy en día este planeta es multipolar, o sea, no se mueve bajo las órdenes de un solo país.
En segundo término, dentro de este nuevo “caos global”, Estados Unidos simple y llanamente no está o no estaría en condiciones de iniciar una nueva ofensiva en Medio Oriente, en esta ocasión contra la nación encabezada por el polémico Mahmoud Ahmadineyad. ¿Por qué?
En un artículo publicado por The New York Times, Michael Slackman señala algunas de las causas por las que Irán se ha convertido en un factor de peso en la zona y, en otro tenor, en un dolor de cabeza para los intereses de Estados Unidos. De acuerdo con el analista, el país gobernado por Ahmadineyad mantiene estrechas relaciones con Siria, y provee de armas a la guerrilla libanesa Hezbolá y al grupo palestino Hamas.
Además, debido a los lazos étnicos y religiosos que mantiene con la mayoría chiíta iraquí, puede ejercer una notable influencia en esta nación en la que, desde marzo de 2003, el gobierno de George W. Bush ha dejado miles de millones de dólares, las vidas de más de 3 mil soldados estadounidenses y una buena cuota de capital político, es decir, de confianza y credibilidad ante la comunidad internacional y, lo que es aún más significativo, frente a su propia población.
Por lo tanto, a pesar de las declaraciones del vicepresidente estadounidense Dick Cheney, quien afirmó que toda medida es viable —incluido un ataque— si el país islámico no cede en su programa nuclear, y a pesar de que, sin duda, el gobierno de Bush debe estar preocupado por la creciente influencia de Irán en la región, la verdad es que si EU pretendiera iniciar una invasión a territorio iraní, incluso antes de que sus tropas partieran se toparían con un doble muro: la falta de cohesión en el Legislativo, en donde incluso algunos republicanos han manifestado su desacuerdo con la estrategia en Irak, y por supuesto, el descontento de un amplio sector de la población por el rumbo de las acciones en la nación antes gobernada por el ejecutado Saddam Hussein.
En ese contexto, emprender una ofensiva en Irán sería un rotundo fracaso, o cuando menos una acción políticamente poco inteligente, riesgosa. Más aún cuando Estados Unidos y otros países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) también tienen puestos ojos y tropas en otra nación de Medio Oriente, Afganistán. (Al cierre de este texto, los medios de comunicación dieron a conocer que, durante la visita del vicepresidente Cheney a una base aérea estadounidense cerca de Kabul, a sólo una milla de donde éste se encontraba al momento de la explosión, un atentado con bomba ratificado por rebeldes talibanes dejó al menos 23 muertos.)
Así las cosas, ante un Estados Unidos que a su manera y paradójicamente ha contribuido a la radicalización de ciertos grupos extremistas, y ante un Irán empeñado en desarrollar un programa nuclear con supuestos fines pacíficos, pero que sistemáticamente se niega a abrir las puertas al escrutinio de organismos globales como la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), con lo cual siembra dudas y provoca especulaciones, la comunidad mundial, principalmente por medio de la Organización de las Naciones Unidas, tendrá que tomar cartas en el asunto.
Por un lado deberá insistir en que el gobierno de Bush detenga una política exterior polarizante que tanto a su nación como a otros representantes de Occidente les ha ganado la animadversión de varios países islámicos, y por el otro, deberá buscar, ya sea a través del diálogo diplomático o de sanciones políticas y comerciales, poner un alto al fundamentalismo del régimen de Ahmadineyad y con esto propiciar la estabilidad en un siempre conflictivo Medio Oriente. En nada beneficiará a esa región que cada vez más musulmanes odien a EU ni que uno de sus miembros se una al club nuclear. Tampoco al resto del planeta.
Tuesday, February 20, 2007
“Posible tener una buena relación con Cuba y EU”
ex embajador de México en Cuba]
Ante lo que han expresado el ex presidente Carlos Salinas de Gortari y el ex canciller Jorge Castañeda acerca del vínculo entre ambos países, en entrevista telefónica el otrora diplomático menciona que las dos visiones “son los dos extremos opuestos”.
Para Pascoe, Salinas de Gortari manifiesta la “vieja visión priísta, hacer caso omiso de lo que ocurra en la isla, escudarse en la autodeterminación para quedarse callado”. Esto, considera, constituye una “falsificación de la política exterior” porque equivaldría a “repensar la relación con Cuba sobre bases falsas”, puesto que México opina sobre distintos temas en los organismos internacionales.
En el otro extremo, lo que Jorge Castañeda plantea es ir a pelearse abiertamente sin decir cuál es su postura. El ex secretario de Relaciones Exteriores, añade, “se ha convertido en un cabildero de los ricos de Miami”.
El ex embajador asegura que México debe buscar una postura intermedia, ser un agente promotor del diálogo entre la “Cuba de adentro” y la “Cuba de afuera”, o sea, entre los cubanos que viven en la isla y los que han salido de ella, para lo cual se requiere tacto político y diplomático.
México, aclara, ha perdido mucho por la irresponsabilidad de quienes estuvieron a cargo de la política exterior en el anterior sexenio, aunque tiene que reconstruir esa posibilidad.
—Al asumir su cargo como presidente, Felipe Calderón señaló que se llevaría a cabo un giro en la política exterior. Algunos columnistas, como Raymundo Riva Palacio, han criticado estas declaraciones argumentando que sólo son buenas intenciones que han carecido de acciones concretas, y que es con Cuba con quien México primero tendría que acercarse. Cuba, dicen, tendría que ser “la llave” para acercarse a América Latina.
—Yo creo que es demasiado temprano para hacer un balance. Se ha avanzado con discreción en el tema de América Latina. Por lo que sé, la propia canciller (Patricia Espinosa Cantellano) ha promovido encuentros con Cuba, con su embajador en México. Además, hay que recordar que Calderón está remando contracorriente seis años en lo que toca a las relaciones con América Latina y Cuba, contra lo que fue una conducta incorrecta. Existe mucho malestar de América Latina hacia México, por lo que con cuidado habría que idear una estrategia convincente, real, a largo plazo.
—Dentro de esa estrategia, ¿cuáles podrían ser algunas acciones concretas?
—Una de ellas sería que México retirara la demanda de pago hacia Cuba con el Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext). México podría alcanzar una negociación amistosa de esa deuda. También podría ofrecerse a Cuba una línea de crédito especial para comprar petróleo y ayudarle en su situación económica. En tercer lugar, podría quitarse el estigma de persona non grata al diplomático cubano Orlando Silva.
—¿Qué ocurrirá cuando Fidel Castro muera? ¿Cómo deberá afrontar México ese acontecimiento?
—Ya sea que Fidel Castro muera o salga definitivamente del escenario político, cambiar de un sistema de decisiones unipersonales a compartidas no ocurre en poco tiempo. Pero de hecho este proceso ya se está dando desde hace siete u ocho meses. Raúl Castro no tiene un poder total como su hermano. Ya está cambiando la manera en la que la clase política cubana toma las decisiones. México debiera hacer todo el esfuerzo por estar presente, por asumir el papel de un país confiable, aunque es muy difícil. Recuperar ese espacio requerirá de inteligencia, decisión.
—Al morir Fidel Castro, ¿afrontarán México o Estados Unidos un éxodo masivo de cubanos a sus territorios?
—No estoy tan seguro. Presenciamos el arribo permanente de cubanos a las costas de México, hay un goteo migratorio que pudiera convertirse en un río de personas, pero esto en mucho dependerá del proceso interno en la isla. No se sabe si ha habido o no conatos de aumentar la migración. No hay indicios de que eso ocurra cuando muera Fidel. La clase política cubana es muy sofisticada porque ha viajado, a diferencia, por ejemplo, de la Corea del Norte, que tiende al aislamiento, y tiene la capacidad de mantener la estabilidad política.
—¿Cómo debe México afrontar el hecho de compartir una amplia frontera con Estados Unidos y, a la vez, una relación estrecha con Cuba, o una relación que busca reconstruir?
—No creo que exista contradicción en tratar de llevar una buena relación con ambos países. Esa es una falsa disyuntiva. Caímos en esa trampa porque quisimos, y Jorge Castañeda tuvo sus razones político-personales y de su chequera. Es posible tener una buena relación con Cuba y Estados Unidos. México no tiene por qué ser visto como un ariete de Estados Unidos hacia América Latina. Y a México le tiene que interesar Cuba porque es su tercera frontera.
Friday, February 16, 2007
El dilema de la relación México-Cuba
“Los cubanos son hermosos”. La mirada de Lizbeth Hernández brilla al recordar su reciente visita a la isla y, claro, a la gente que conoció allá. “Las cubanas también son muy guapas”, agrega equitativa. Liz, como la llaman sus amigos, una joven universitaria de 22 años, señala que, a pesar de sus carencias —“que dan tristeza”—, los isleños son personas muy cálidas, alegres. Por otro lado, relata Liz, ellos se preguntan si en México “ya no queremos a los cubanos”.
¿Cuál es, pues, el estado actual de las relaciones de México con Cuba? No es un misterio que durante el sexenio anterior, el de Vicente Fox, a raíz de episodios tan vergonzosos como el “comes y te vas”, los nexos entre ambas naciones se han visto disminuidos. Más aún, para el ex presidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), del lado de nuestro país este deterioro viene desde 1995, y ha sido motivado “en parte por ignorancia de la historia y en parte por una apreciación equivocada sobre la manera de vincularse con los Estados Unidos”.
En un ensayo publicado en el número del 5 de febrero de 2007 de Milenio Semanal, “Cuba y Estados Unidos. Construyendo puentes para la distensión y el reencuentro”, Salinas plantea que por razones geográficas e históricas las relaciones entre México y Cuba han sido estrechas, amistosas en la gran mayoría de los casos y fundamentales para los dos países. Igualmente, el ex mandatario asevera que la soberanía mexicana de los próximos años dependerá a su vez de la defensa de la soberanía cubana que en la diplomacia nacional se ejerza o deje de ejercerse.
México, concluye Salinas, debe proclamarse por la no intervención de otros países en los asuntos de Cuba, debe pugnar por el derecho de los cubanos a la autodeterminación.
Ahora, si bien estas ideas provienen de un ex jefe de Estado, que, como él mismo hace notar con poca modestia, en 1994 participó en un diálogo terciado entre Fidel Castro y el entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton por causa de la crisis de los balseros, y ciertamente hacen acopio de hechos significativos en 500 años de historia, el ensayo resulta más un recuento que una propuesta de “hoja de ruta” para destrabar y mejorar las relaciones México-Cuba, y sobre todo, más un autoelogio de la política exterior llevada a cabo durante su sexenio que un análisis serio de las condiciones de un mundo más globalizado hoy que hace 13 años.
Lo que planteamos aquí, por el contrario, es que, en un contexto internacional en el cual los Estados-nación están cada vez más interconectados y son cada vez más interdependientes, una postura válida es la de criticar la injerencia unilateral y arbitraria en los asuntos internos de un país, es decir, promover su derecho a decidir por sí mismo, y otra es cerrar los ojos y oídos a situaciones tan censurables como la ausencia de una verdadera democracia, de libertad de expresión, las violaciones a los derechos humanos o las carencias económicas y materiales de un pueblo, o sea, renunciar a alzar la voz en la tribuna mundial y con ello abandonar la posibilidad de exigir y fomentar cambios positivos dentro de la isla.
Tarde o temprano, después de la muerte de Fidel o de su salida definitiva del escenario político, Cuba se transformará. Se especula que mucha gente querrá emigrar de la isla hacia México o Estados Unidos. Asimismo, se da casi por sentado que Washington pretenderá entrar en territorio cubano en otra posible maniobra para “exportar la democracia”.
Ante ese panorama, y aquí está en lo correcto Carlos Salinas de Gortari, México deberá estar atento a lo que suceda y actuar con prontitud, guiado por una política exterior mucho más inteligente que la de la administración anterior, máxime si, como lo ha mencionado el presidente Felipe Calderón, se desea que el país recupere o asuma liderazgo en América Latina, para lo cual —se dice— Cuba es la llave. Sin embargo, si bien ese giro en la diplomacia mexicana implica recoger los pedazos de lo que fue destruido por Vicente Fox y sus cancilleres, no obliga a volver a la actitud dogmática de “hacerse de la vista gorda”.
Señalar lo que no funciona, denunciar las injusticias, en una palabra, criticar, no significa violentar el derecho de un pueblo a autodeterminarse, intervenir en él o imponerle ciertos esquemas, sino enarbolar y buscar difundir valores universales como la democracia, la libertad y la igualdad política, económica y social. Quizá de esa manera sea factible contribuir a que del relato de Liz, o del de cualquier otro turista que visite Cuba, puedan borrarse pasajes como el de los policías que no permiten a los propios isleños trasladarse libremente de una provincia a otra. Aun en su propio país.
Friday, February 09, 2007
Borges a los 23

Y es que cómo olvidar que en 2001, en el II Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Valladolid, frente al monarca español Juan Carlos, el ex mandatario, por decir lo menos, rebautizara al escritor argentino Jorge Luis Borges como “José Luis Borgues”. Así pues, no son secretos el desconocimiento y el desprecio a la cultura y sus representantes por parte de un amplio sector de la clase política mexicana. Sin ir más lejos, los recortes presupuestales a este rubro dan cuenta de ello.
No obstante, sin dejar de exigir la más alta calidad en la preparación y el desempeño de quienes nos gobiernan, aquí también me parece necesario un ejercicio de autocrítica: ¿cuántos de nosotros, miembros de la sociedad civil, podemos preciarnos de conocer no sólo los nombres, sino las obras de los escritores, artistas o intelectuales aludidos en declaraciones públicas?
En mi caso particular, reconozco que hasta hace una semana, aun habiendo pasado la veintena de años, no había leído un solo libro del célebre argentino. Por tanto, en el afán de acabar con esa situación me adentré en Siete noches, volumen que reúne el mismo número de conferencias pronunciadas por Borges (1899-1986) en el teatro de Coliseo de Buenos Aires entre julio y agosto de 1977, hace casi 30 años.
Lo primero que destaca de estas charlas es que, como el mismo autor llegó a reconocer, constituyen una serie de reflexiones sobre los temas que tanto le obsesionaron: la Comedia de Dante Alighieri, Las mil y una noches, Oriente y Occidente, los sueños, los espejos, los laberintos, la cábala, la poesía, la literatura. Según Roy Bartholomew, responsable del epílogo, Borges, tan reacio a las conferencias debido a su timidez, al echar un último vistazo a este trabajo después de rigurosas revisiones de lo que habría de publicarse, dijo que en tales asuntos “este libro es mi testamento”.
Serenidad en la meditación, una característica que brinda el paso de las décadas, propia de una persona que ha vivido, que ha leído, que ha conocido el mundo, si no siempre a través de viajes, sí mediante el estudio de sus idiomas y sus literaturas. Borges, ocupado en el arte y en la etimología de las palabras, en sus orígenes, asienta que el lenguaje es un hecho estético. “Cada palabra —dice— es una obra poética”. Aunque, por supuesto, el habla y la escritura no son los únicos vehículos de la expresión artística. También están los sueños, que tal vez sean “la actividad estética más antigua”.
Y del lenguaje y los sueños pasamos a la religión. En el plano divino resulta hermosa la imagen de Dios contemplando simultáneamente el pasado, el presente y el futuro de la historia universal, “en un solo espléndido, vertiginoso instante que es la eternidad”. Asimismo encontramos a la cábala y, dentro de ella, la distinción entre los libros clásicos como los más representativos de una tradición literaria y aquellos que son sagrados, o sea, inspirados, dictados o escritos por la propia divinidad incluso antes de la noche de los tiempos.
Del budismo, el sacrificio y el nirvana, a los que Borges conscientemente trata de acercarse con respeto, es posible extraer una actitud vital, una forma de encarar la existencia: “El budismo cree que el ascetismo puede convenir, pero después de haber probado la vida. No se cree que nadie deba empezar negándose nada. Hay que apurar la vida hasta las heces y luego desengañarse de ella; pero no sin conocimiento de ella”.
Por otro lado, el también autor de El aleph no olvida la conexión entre lo divino y lo humano. “En cada uno de nosotros hay una partícula de divinidad”, comenta. Y si bien pudiera parecer excesivamente optimista al afirmar que “La belleza está en todas partes, quizá en cada momento de nuestra vida”, es capaz de reconocer que el ser humano padece innumerables humillaciones, bochornos, desventuras, pero debe tener presente que todo eso tiene un fin: “Esas cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo”.
A la luz de esa filosofía —plantea el argentino— es que la humanidad debe enfrentar la adversidad. De sus tribulaciones los artistas deben tomar su arcilla, el material para sus obras. En esa línea, me parece que fue Tomás Segovia quien dijo que la gran literatura nace del sufrimiento, idea que halla eco en este pensamiento de Jorge Luis Borges: “Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas cosas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras, sobre todo las cosas malas —como su propia ceguera— , ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin”.
Sirva de cierre a la reseña de este primer encuentro borgiano un último apunte: Borges insistía en calificarse a sí mismo como un lector hedónico, alguien que, al abrir un libro, persigue una experiencia estética de la que nadie debería privarse. Con ello no hizo algo distinto que recordarnos una gran verdad de la cual alguien más pudiera buscar relegarnos (por ejemplo: “Si quiere ser feliz, no lea”) o de la que a veces nosotros mismos parecemos empeñados en pretender evadir: leer es un placer.
FICHA BIBLIOGRÁFICA:

Wednesday, January 31, 2007
Acerca de una decisión [cuento]
Supongo que lo afirmativo de mi respuesta le infundió más energía, ya que, aun teniendo un barcillo justo a espaldas del periódico, caminamos cinco o seis calles en busca de un sitio que le convenciera. No digo que le interesara mi compañía en particular, sino sólo que necesitaba alguien con quien departir, que escuchara sus historias y sus quejas sobre la rapacidad de los políticos, la avaricia de los empresarios y la desigualdad económica y social en que sigue sumergido este país. Finalmente, justo cuando comenzaba a amilanarme, dijo:
—¡Ya sé! Vamos a La Gruta de San Joaquín. Hace mucho que no voy, pero está bueno el ambiente y tiene unas meseras bien guapas.
—Órale, vamos —respondí, a decir verdad, no tan entusiasmado, aunque procurando no desanimar a Felipe.
Anduvimos media cuadra más hasta dar con la taberna, un local amplio con paredes de ladrillo rojo y ese aire de expertos bebedores que se juntan para hacer lo que mejor saben hacer. El dueño —habría de explicarme Felipe poco después— era “gachupín”, o sea, español, y sabía cuál era el gancho de su negocio y cómo manejarlo: meseras atractivas para una concurrencia en su mayoría integrada por hombres que entraban en años. Desde que ingresamos Felipe quedó embobado con una de ellas, pretendidamente rubia, pero, eso sí, de bonitas formas.
Al llegar a nuestra mesa, Felipe sentenció:
—N’hombre, esa güerita está rebien. Mira nada más.
Era viudo desde hacía quince años. Su esposa murió consumida por una implacable leucemia y lo dejó con dos hijas pequeñas. Para ese entonces ellas ya eran mujeres jóvenes que empezaban a hacer sus vidas, y él un hombre solo, medio amargado por las duras experiencias que le habían tocado y sin embargo capaz de valorar a la gente, y sobre todo, ya fuera por mera calentura o necesidad de afecto, en busca de una mujer. Así, con Felipe escudriñando a “la güerita” y al resto de sus compañeras, inició formalmente nuestra velada.
Él pidió un tequila; yo, una cerveza oscura. Tras hablar del trabajo y los pormenores del día pasamos a su vida, a los tiempos en que él y otros colegas frecuentaban La Gruta, a su época como reportero de algunos medios internacionales —muchos de ellos ya desaparecidos— y a algunos de sus viajes. Llegada cierta hora de la noche, después de cuatro o cinco rondas de tragos, y puesto que hasta ese momento quien más había hablado era él, me preguntó:
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas aparte del periódico? ¿No tienes novia?
En circunstancias normales, si por “normal” entendemos no estar sometido bajo el influjo del alcohol o el de una nostalgia inusual, simplemente habría respondido que no para luego evadir el tema con alguna frase prefabricada o una broma tan fácil como poco comprometedora. No obstante, contrario a mi costumbre, me di a la tarea de relatar un fragmento de la historia de mi vida:
—Estoy solo desde hace tres años —respondí—. Saliendo de la universidad terminé con la que había sido mi novia por más de cinco. Su familia ya me conocía, la mía a ella también. Ya hacíamos planes de estar juntos.
—¿Y qué pasó? —intentó adivinar Felipe—. Te mandó a la chingada.
—Mmm... No precisamente.
—¿Cómo? ¿A poco tú la cortaste?
—Algo así... En el último semestre, cuando yo empecé mis prácticas profesionales y ella estaba en el servicio social, los dos nos alejamos mucho. Yo estaba concentrado en muchas cosas, dejé de dedicarle tiempo, de ser detallista...
A pesar de que su semblante ya mostraba esa curiosa alteración producto de la bebida —una ceja arqueada dando la impresión de un ojo más grande que el otro, la mirada medio perdida, la boca entreabierta— , Felipe parecía prestarme atención. Quizá fuera eso, o mi sola necesidad de desahogarme, lo que me llevó a ahondar en la historia.
—Aunque ahí hubo algo más —continué—. Por esas fechas en que Laura y yo teníamos problemas, conocí a otra persona. Yo iba poco a la facultad, pero trataba con mucha gente. Un día me presentaron a un chava dos años menor, una niña simpática, muy sonriente, alguien con quien me entendí bastante bien. Todo comenzó como una amistad. Al principio sólo platicábamos y uno que otro coqueteo medio inocentón, pero la verdad es que hubo un momento en que ella representó algo más.
—¿Y qué pasó? ¿Le pusiste el cuerno a tu novia? ¿La dejaste? Qué poca madre tienes —se burló.
La ofensiva seguridad con que dio por sentada su hipótesis y su estruendosa carcajada etílica no bastaron para interrumpir mi narración. Una vez que Felipe se calmó, proseguí:
—Aunque en serio quise a Lorena —así se llama—, nunca se concretó nada entre los dos. Parte de mí deseaba que ocurriera, no sólo algo físico, sino que estuviéramos juntos.
—¿Se enteró tu novia?
—Sí... Del peor modo: no a través de mí. Supongo que de alguna forma, tarde o temprano, lo iba a saber. Un día Laura me notó raro, como con la cabeza en otro sitio. Al siguiente entró a mi correo electrónico y descubrió todos los mensajes que Lorena y yo habíamos intercambiado.
— ¡¿Y no te mandó a la chingada?!
—Esa fue su primera reacción, aunque después se tranquilizó. Claro que se sintió triste y decepcionada —no era para menos—, pero me quería mucho y al final me dijo que me entendía, que pensara con quién quería estar, que tomara mi decisión y que, si es que optaba por volver, ella ahí estaría.
—Así que empezaste a andar con la otra chava...
—En un principio pensé que eso quería. Sin embargo, conforme lo fui meditando me di cuenta de muchas cosas: no podía iniciar algo con ella porque no había dejado de querer a Laura; habría sido injusto e imagino que la habría lastimado aún más de lo que lo hice. Por otro lado, no podía regresar con Laura a sabiendas de que sentía algo por Lorena, algo que podía resultar suficiente para plantear dudas en nuestra relación, que podría ser como una pequeña grieta que provocara que todo se viniera abajo.
—¿Entonces qué hiciste?
—¿Tú qué crees? A pesar de todo a mí me quedaba claro que ninguna de las dos me necesitaba, que yo no tenía la intención de herirlas o de que ninguna de las dos me esperara indefinidamente, y deseaba que fueran felices. Así que decidí quitarme de sus caminos. Preferí estar solo. Creo que era lo mejor para todos.
Hubo una pausa. Felipe me observaba entre curioso e inquisitivo. Cuando el silencio se prolongó tanto como para rayar en la incomodidad, temí lo que en efecto pasó. Entrevistador al fin y al cabo, Felipe supo encontrar un hueco en mis palabras, cuestionar la que yo consideraba había sido una bien estructurada exposición de mi parte, poner en tela de juicio todo el sistema de relaciones que había dado sentido a lo acontecido en mi vida a lo largo de los últimos tres años; en resumen, hacer que me tambaleara con una sola pregunta:
—¿Y fue lo mejor para ti?
Una mesera en minifalda se apareció frente a nosotros justo a tiempo para distraer a mi interrogador, salvarme de balbucir alguna respuesta poco convincente, si no es que francamente imbécil, y ayudar a que la sangre, recién congelada por el artero cuestionamiento, volviera a circular por mis venas.
—¿Les ofrezco algo más? —inquirió, impaciente, la mujer.
Como por acto reflejo Felipe volteó a ver su reloj. Al darse cuenta de la hora, en un arrebato de conciencia, dijo:
—Mejor tráiganos la cuenta. Ya vámonos, güey —se dirigió a mí—. Ya es bien tarde y mis hijas se van a preocupar.
Hacia las cuatro de la madrugada Felipe me dejó a unas calles de casa, un departamento sencillo que rentaba desde hacía unos seis meses. Entré y no logré más que tirarme en la cama y dormir, que no descansar, porque desde ese instante pesaba sobre mí algo que me inquietaba.
A la mañana siguiente desperté con un malestar muy distinto y muchísimo peor que la resaca de la noche de juerga y el hecho de tener que ir a cubrir la guardia en la redacción. Felipe, con ese propósito o sin él, había sembrado en mí la duda: ¿había tomado la decisión correcta? Sólo había una forma de averiguarlo.
Tres años atrás, cuando opté por estar solo, hablé con Lorena. Si bien ella demostró que nunca fue su intención causarme problemas o entrometerse entre Laura y yo, que además me quería y guardaba la esperanza de que algo surgiera entre ambos, también estoy convencido de que ya presentía un final no muy favorable para tales aspiraciones. Por eso —creo—, aunque quedamos como amigos y en mantener el contacto, más pronto que tarde ella continuó con su andar y se apartó del mío.
Laura, por su parte, sin importar que yo había resultado de plano una gran desilusión, siempre me apoyó y respetó mi proceder. Estuvimos en comunicación, en muy buenos términos, durante seis meses, quizá un año. Una relación como la nuestra no se olvida fácilmente, por lo que nunca dejamos de preocuparnos el uno por el otro y fuimos —me parece— amigos sinceros. Sin embargo, al concluir su tesis, ella tuvo la oportunidad de viajar al extranjero con una beca para realizar su maestría. Desde que se fue no había sabido más.
Así las cosas, si quería responder a la maldita pregunta de Felipe y despejar mis dudas, si quería ser capaz de responderme a mí mismo, tenía que averiguar qué había ocurrido con ambas. La tarde de ese sábado, por fortuna, no hubo nada que cubrir en la guardia, lo que me permitió dedicar valiosas horas a buscar a mis contactos —conocidos, ex compañeros, amigos en común— para lograr obtener la información anhelada.
En todo mi corto y a veces complicado haber como reportero nunca recabé noticias de tanto interés para mí ni de resultados tan positivos. Según mis fuentes, Lorena, como ella pretendía, se abocó a la comunicación política y actualmente laboraba para una de las firmas propagandísticas y de asesoría de imagen más grandes del país. Sus ocupaciones la hacían una persona a quien no resultaba sencillo localizar, motivo por el cual no pude hablar directamente con ella, aunque su mejor amiga, una cinéfila que estaba poniendo en marcha su propia productora, me dijo que la veía muy contenta y que estaba saliendo con uno de sus colegas.
Más difícil todavía, pero en serio gratificante, fue encontrar la pista de Laura. A pesar de mi reticencia inicial, tuve que recurrir a su familia para saber de ella. Grande y alentadora fue mi sorpresa cuando sus hermanos y su madre no sólo se acordaron de mí, sino que me saludaron con un gusto superior a la cortesía tradicional y me brindaron el teléfono de su actual casa. Mientras marcaba el número me sudaban las manos y el corazón me latía con fuerza. Uno, dos, tres tonos... Y una voz, su voz, contestó. Por supuesto que se acordaba de mí, qué milagro; ella estaba bien, había estado en Buenos Aires y Madrid, tenía un puesto como investigadora, preparaba su doctorado y llevaba dos meses comprometida con un español a quien conoció desde su llegada a Europa un año antes. Tal vez podríamos salir a tomar un café.
Al colgar el auricular, Alfredo, el editor en turno —Felipe descansaba los sábados (bien por él, pues seguro estaría crudo)—, se acercó a mí y, con el semblante serio, me dijo:
—Ni modo, Paco. Tu reportaje tampoco va mañana. No hay espacio. Según el director, si en la semana tiene un hueco entra; si no, no.
—Ah... Hey, ta’ bien. Ni pedo, ¿no?
—¿Seguro? ¿Estás bien?
—Sí, pues ya qué. No siempre se puede.
—Pues sí. Chíngale, cabrón. Preséntale otra cosa. Igual y lo convences.
—Igual.
No, no sentía indiferencia ni desencanto ni molestia. Todo lo contrario. Después de las respuestas obtenidas, no me interesaba que ese reportaje se publicara al día siguiente, en un mes o que, como otros, terminara “publicándose” sólo en mi archivo personal. Había descubierto algo de mayor trascendencia. Después de tres años podía decir que había tomado la decisión correcta: si ellas eran felices, al final de cuentas estar solo sí fue lo mejor para mí. Para todos.
Thursday, January 25, 2007
El reportero

Los datos: Kapuscinski, nacido el 4 de marzo de 1932, historiador y poeta, corresponsal en África, Asia y América Latina, autor de más de 20 libros, considerado el más grande reportero del siglo XX, falleció a la edad de 74 años de una “grave enfermedad” que el sábado lo había llevado al quirófano.
Consignada la noticia, y ante la previsible avalancha de esquelas, necrologías y opiniones laudatorias que habrán de publicarse o, sin duda, ya circulan en distintos medios, en estas líneas me limitaré a exponer una breve reflexión sobre lo que para mí —y tal vez para alguien más— representa el autor de, entre tantos otros, El Sha o la desmesura del poder, El Imperio, La guerra del futbol, Las botas y Viajes con Heródoto.
Ryszard Kapuscinski, para quienes estudiamos Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, o Periodismo en cualquier otra institución, es el nombre de una referencia obligada a lo largo de la carrera.
Más allá del debate de si sus obras pueden erigirse o no en modelos de cómo se hace y debe hacerse un reportaje —por cuestiones como el tiempo con que dispusieron para ser elaboradas, lo noticioso en el sentido de salir a la luz “en el momento”, o el grado de intromisión del autor, o sea, la subjetividad presente en ellas—, lo cierto es que encierran el esfuerzo del reportero por acercarse a la realidad tratada en cada caso, así como un intento por comprender al otro, y una meditación acerca del oficio periodístico y de la humanidad en sí misma.
Así, por ejemplo, en Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar), Kapuscinski plantea la fragilidad y la importancia de la materia prima con la cual trabaja el reportero, a saber: el propio ser humano. En esa línea, ya con anterioridad, como lo recuerda Maria Nadotti en las conferencias contenidas en Los cínicos no sirven para este oficio, el polaco había comentado: “‘Es erróneo escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un poco de su vida’”.
Para un periodista, entonces, escribir sobre cualquier persona conlleva una doble responsabilidad: por un lado, conocer y entender a ese individuo, establecer, como mínimo, cierto grado de empatía; por el otro, ser consciente de que aquello que se escriba podría afectar positiva o negativamente a la persona o la colectividad implicada en el texto.
En otro ámbito, como personaje o copartícipe de sus relatos, Kapuscinski se torna en una figura simpática si no es que entrañable. Es el europeo que, al olvidarse de la comodidad del hotel y adentrarse en las selvas o las aldeas de África, o en los pasillos y bazares de Teherán, se percata de que para quienes tiene de frente, los lugareños, él es el otro, o con Albert Camus, el extraño, el extranjero.
Para conocer el modus vivendi de los pueblos africanos, el reportero padece el calor, las grandes distancias, la escasez, las enfermedades, lo mismo que, para comprender el ambiente de los días previos al inicio de la revolución islámica del ayatolá Jomeini en Irán, se entrevista con disidentes del régimen y comparte con ellos la paranoia provocada por la persecución de la Savak, la policía oficial.
Como escritor, Kapuscinski es un estudioso del fenómeno del poder y un crítico de los poderosos (baste revisar los casos de quienes fueran, respectivamente, emperador de Etiopía y sha de Irán, Haile Selassie y Mohamed Reza Pahlevi). Es también narrador ágil, lúcido retratista de gente y situaciones, y notable interpretador. En Ébano, por ejemplo, disecciona su “Anatomía de un golpe de Estado”: “En resumen: la pobreza y la decepción de los de abajo y la codicia y la voracidad de los de arriba crean un ambiente emponzoñado que el ejército olfatea; presentándose como defensor de los humillados y ofendidos, abandona los cuarteles y alarga la mano para tomar el poder”.
Y, a manera de cierre, retomo la pregunta con una respuesta más concisa: ¿quién fue, pues, Ryszard Kapuscinski? Además de un autor cuyo nombre nos es fácil recordar, fue, es y seguirá siendo un reportero, un escritor, un maestro, un modelo a seguir, incluso para quienes sólo pudimos conocerlo a través de sus libros.
Monday, January 22, 2007
Choferes justifican demanda de aumento de tarifa
Tiene un rezago de más de cuatro años, argumentan
Choferes de microbús la ruta 2, que va de Metro Zapata a la Unidad Habitacional Lomas de Plateros, en la delegación Álvaro Obregón, justifican su “solicitud de aumento de tarifa” en virtud de que ésta tiene “un rezago de más de cuatro años”, y los costos de los productos y servicios necesarios para mantener en funcionamiento el transporte —según sus cifras— han aumentado hasta 115.8% entre 2002 y 2006.
Desde hace 15 días algunas unidades de esa ruta, compuesta por 37 vehículos, exhiben una tabla dirigida “al público usuario” en la que se comparan los precios en varios conceptos durante los años señalados, así como el incremento que éstos han experimentado tanto en pesos como en porcentaje.
El gas carburante, por ejemplo, costaba 2.28 pesos en 2002, mientras que en 2006 costó 4.92 pesos, lo que representa un alza de 2.64 pesos, es decir, 115.8%. Asimismo, el mantenimiento general mensual de una unidad (frenos, clutch, suspensión) —afirman— se cotizaba en mil 800 pesos y ahora supone una inversión de 4 mil pesos, o sea, 2 mil 200 o 112% más.
A estos aumentos les siguen el de las llantas, de 480 a 800 pesos cada una (320 pesos o 66.6% más); el del motor, de 14 mil 200 a 22 mil 500 pesos (7 mil 300 pesos o 58.45% más); el de gastos administrativos como tenencia, revista y verificación, de 7 mil 300 a 11 mil 600 pesos (4 mil 300 pesos o 58% más); el del costo de una unidad en pago de contado, de 550 mil a 730 mil pesos (180 mil pesos o 32.7% más); el del litro de gasolina, de 5.6 a 6.84 pesos (1.24 pesos o 21.06% más); y el del litro de diesel, de 4.90 a 5.70 pesos (80 centavos o 16.3% más).
50 centavos, el incremento esperado
Octavio Flores, quien trabaja en una de las bases de esa ruta, explica que para los operadores el ajuste a la tarifa en relación al alza en los costos “es como con el salario mínimo” para la población en general: puede pactarse un aumento de dos o tres pesos “pero también te suben todo lo demás”.
Agrega que la asociación Rutas Unidas, a la que pertenecen la 5 y la 38, entre otras, absorbió el gasto de la impresión de los “pegotes”, cuya exhibición, hasta donde él sabe, se supone es generalizada a todos los microbuses que circulan en la ciudad.
Por otro lado, Octavio señala que, para él, tal vez sea exagerado citar tantos costos, pues aunque el propósito es que los usuarios “se conscienticen” de lo que implica mantener el servicio, el aumento en la tarifa de todas formas se va a dar.
Concluye que las negociaciones para decidir el porcentaje del alza y la entrada en vigor de la nueva tarifa se están efectuando en la Secretaría de Transportes y Vialidad (Setravi) del Gobierno del Distrito Federal. Sin embargo, desconoce la fecha en que el incremento pueda ocurrir, pero se piensa que posiblemente venga en mayo y se espera que sea de 50 centavos. No puede ser mayor —termina— porque “no le puedes pegar más a la economía de la gente”.
Wednesday, January 10, 2007
Hugo Chávez: ¿socialista incomprendido o icono del autoritarismo?
[Foro internacional, columna]
Venezuela lo vio llegar al poder el 2 de febrero de 1999. Desde ese momento, Hugo Rafael Chávez Frías, nacido el 28 de julio de 1954, ha sido junto con Fidel Castro uno de los mandatarios más polémicos de toda Latinoamérica, si no es que del mundo entero.
Identificado con la izquierda, defensor del “socialismo bolivariano”, cabeza del fallido golpe de Estado de 1992 en contra de Carlos Andrés Pérez y, a su vez, objeto de un intento de derrocamiento en 2002, el coronel no ha dudado en externar su opinión, con frecuencia políticamente incorrecta, sobre los procesos electorales y problemas en la región, el “imperialismo” de Estados Unidos o, por supuesto, su propio gobierno.
A inicios de 2007, tras haber derrotado a Manuel Rosales en las elecciones del 3 de diciembre de 2006, Chávez comienza su segundo periodo, que, si en el camino no se atraviesa una reforma constitucional que lo prolongue, habrá de terminar en 2013.
El pasado martes 9 de enero, la prensa destacó el anuncio del presidente Chávez de nacionalizar la electricidad, la Compañía Anónima Nacional de Teléfonos de Venezuela (CANTV) y la infraestructura encargada de los procesos de mejoramiento de los crudos pesados.
Asimismo, se hizo énfasis en su intención de promover una ley habilitante que le otorgue poderes especiales que le permitan legislar sin necesitar la aprobación del Congreso y, en otro ámbito, los insultos que profirió en contra del secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el chileno José Miguel Insulza.
Vale la pena adentrarnos en el contexto de estos hechos, indagar qué hay detrás y alrededor de ellos. Venezuela, para empezar, es un país rico en petróleo, el tercer exportador de ese energético a Estados Unidos (a cuyo presidente, por cierto, Chávez acusó de ser “el diablo” durante la última sesión de la Asamblea General de la ONU).
Con esa riqueza, según lo explica el periodista argentino Andrés Oppenheimer en su libro Cuentos chinos, Hugo Chávez ha consolidado su poder dentro y fuera de su territorio, mas no ha logrado abatir la pobreza y la desigualdad social que aquejan a los venezolanos.
Por otro lado, se ha venido especulando que Chávez planea afianzarse en su mandato de aquí al 2030, con lo que se agregaría otro nombre a la historia de dictadores iberoamericanos que buscaron y consiguieron perpetuarse en el poder. Piénsese, por ejemplo, en Francisco Franco en España o en el más o menos recién fallecido Augusto Pinochet en Chile.
Y si bien Chávez ha pretendido justificar sus acciones, todo parece indicar que cuando menos las llevadas a cabo en últimas fechas persiguen el fin de mantenerlo en la silla.
A unos días de su triunfo en las presidenciales de diciembre, anunció su intención de crear un partido único, y advirtió que aquel miembro del gobierno que no perteneciese a él debería abandonar su cargo.
Igual de sonada fue su decisión de no renovar la concesión a la televisora privada Radio Caracas Televisión (RCTV), un medio crítico hacia el gobierno. Tal medida provocó reacciones de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que se declaró preocupada porque el móvil de esta maniobra fuera castigar a un emisor opositor para premiar a uno afín al régimen chavista, y además, también originó los comentarios que le valieron a José Miguel Insulza ser tildado de —con todas sus letras— “pendejo”. Valga la aclaración, no escandaliza la palabra, sino que venga de un primer mandatario y vaya dirigida al titular de un organismo internacional.
Pese a todo lo anterior, Hugo Chávez afirma que conduce a Venezuela al socialismo, no pierde la oportunidad de acaparar cámaras y micrófonos lo mismo que la atención mundial (recuérdese, si no, la pugna con Guatemala por ver quién ocuparía el asiento no permanente correspondiente a América Latina en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas) y hace gala de una retórica entre bíblica y demagógica del tipo “todo aquello que fue privatizado nacionalícese”.
Ahora bien, si ante la ambivalencia que pudiere despertar la figura de Hugo Chávez —polarizante en sí misma— surgen dudas, lo cierto es que sólo el tiempo y, claro, las acciones y omisiones del presidente, así como las consecuencias que de ellas deriven, dirán al mediano y largo plazo si este hombre fue un socialista incomprendido, un genuino héroe que rescató el sueño de Simón Bolívar de una América Latina unida, o si, por el contrario, no fue más que otro de tantos ejemplos de autoritarismo, uno con muchos petrodólares en los bolsillos.
Monday, December 25, 2006
Un elogio al placer
En línea con esa ambición por lo trascendente, en Elogio de la madrastra (1988) Vargas Llosa presenta, a la par de una interesantísima, vertiginosa y sutilmente macabra historia —narrada con un lenguaje sugestivo a la vez que elegante—, un pequeño tratado sobre el erotismo, el placer y la felicidad.
El relato se desarrolla en Lima, al interior de la casa que habitan don Rigoberto, su hijo Alfonso y Lucrecia, esposa del primero y madre sustituta del segundo. En el tiempo que llevan de casados, Rigoberto y Lucrecia pueden considerarse dichosos: se aman el uno al otro y ese sentimiento se traduce, casi cada noche, en intensos encuentros bañados de fantasía.
Para dar ese efecto de atmósfera onírica, el autor ha decidido intercalar entre algunos capítulos distintas interpretaciones sensuales de pinturas como Candaules, rey de Lidia, muestra su mujer al primer ministro Giges de Jacob Jordaens, Diana después de su baño de Francois Boucher y Venus con el Amor y la Música de Tiziano Vecellio.
Ahora bien, no obstante que Lucrecia ha superado su inicial miedo a un eventual rechazo del niño Fonchito, de que don Rigoberto tenga la certidumbre de que “La felicidad existe”, y de que ambos, juntos, se sientan capaces de entregarse al goce de sus cuerpos y sus juegos ajenos a toda preocupación como un par de deidades paganas, ese castillo de bienestar se revela más frágil de lo esperado. Como una fortaleza de naipes que se derrumbara ante una precoz ráfaga de viento.
De ese modo surgen las primeras lecciones de este pequeño estudio. Por un lado, Vargas Llosa parece decir que, en efecto, es posible llegar a ese estado de éxtasis más allá del tiempo y el espacio —más allá de todo límite— al que los seres humanos nos hemos dado en llamar felicidad.
Asimismo, a través de la figura de don Rigoberto, inspirado quizá por alguna reivindicación liberal del concepto de individuo, el autor asienta que la dicha sólo existe si se le busca en el lugar adecuado: “En el cuerpo propio y en el de la amada, por ejemplo; a solas y en el baño; por horas o minutos sobre una cama compartida con el ser tan deseado. Porque la felicidad era temporal, individual, excepcionalmente dual, rarísima vez tripartita y nunca colectiva, municipal”.
La búsqueda, pues, debe ser personal, a lo sumo en pareja pero en todo caso íntima, y en su relación con el placer, si bien el sexo es uno de los principales ingredientes —si no es que el de mayor trascendencia—, no es el único. Lucrecia y en especial don Rigoberto, cada quien por su lado, muestran que elementos tan cotidianos como el aseo personal, correctamente desempeñados y —por qué no— como un previo al acto amatorio, pueden convertirse en ceremonias o rituales placenteros en sí mismos. Así, es don Rigoberto quien, por ejemplo, plantea una de las ventajas de la eliminación de desechos del cuerpo: “limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma”.
Otro aspecto clave en el desarrollo de la novela es el recordatorio de que, dentro de nosotros, existe cierta propensión hacia lo socioculturalmente tachado como un atentado a la moral, cuando no horrendo o algo mucho peor. “En el fondo de su alma, a la bella siempre le fascinó la bestia, como recuerdan tantas fábulas y mitologías, y es raro que en el corazón de un apuesto jovenzuelo no anide algo perverso”, reflexiona el también creador de Los cachorros, La fiesta del chivo y El Paraíso en la otra esquina.
Es en la figura de Alfonso donde tal ambigüedad toca el extremo: Vargas Llosa cuestiona si es este chiquillo la personificación de la niñez como ese lugar donde se conjugan sin contradicciones ni remordimientos inocencia y pecado, donde los actos más reprobables y escandalosos se confunden con travesuras y pueden escapar de la censura o el castigo, o si, por el contrario, no es más que un maligno demonio escondido detrás del rostro angelical de un niño de diez años.
Y, por último, a pesar de que en esta persecución de la felicidad, en esta odisea que se traduce a la vida diaria, con frecuencia nos percatemos de lo fugaz o efímero de los instantes en que nos sentimos poco menos que inmortales, de que amargamente —otra vez con don Rigoberto— caigamos en la cuenta de que “Amar lo imposible tiene un precio que tarde o temprano se paga”, mediante una definición, de una plumada, el autor peruano nos deja una esperanza: ¿qué es, entonces, la dicha? “Sólo una pequeña sabiduría para oponer un momentáneo antídoto a las frustraciones y contrariedades de que estaba adobada la existencia”. La literatura, dentro de tantos otros, es uno de esos contravenenos.
FICHA BIBLIOGRÁFICA:
VARGAS LLOSA, Mario. Elogio de la madrastra [1988]. México, Grijalbo, 19a ed., 2003.
Tuesday, December 05, 2006
La carrera interminable
A mis profesores, colegas y amigos
A mi familia
El 17 de septiembre de 2002 comenzó mi carrera universitaria. Un dato tan curioso como irrelevante: por causa del 192 aniversario del inicio de la guerra de Independencia de México, mi primer día de clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM no cayó en un tradicional lunes, sino en martes.
A más de cuatro años de mi ingreso a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, me gustaría pensar que ese muchacho de piocha y cabello largo, que calzaba Converse y tenía una gran afición por el rock lo mismo que el sueño de convertirse en cronista deportivo ha cambiado. No me refiero a que el deporte haya dejado de importarme o a que, por ejemplo, Nirvana ya no sea mi grupo favorito. Eso jamás. Tampoco aludo al hecho de que ahora uso casquete regular y la barba cerrada.
A lo que voy, pues, es a que hoy en día mis intereses van más allá de los antes citados, intento prestar mucho mayor atención a lo que ocurre en el mundo (no podía esperarse menos si una de mis aspiraciones es la de ser editor de internacionales de algún medio), así como tener más conciencia social y, con todo lo ambigua que puede resultar la frase, ser un poco más maduro.
Y si bien es cierto que mi paso por las aulas y los pasillos de la facultad —metafórica y literalmente hablando— no han sido el único factor de todos esos cambios, lo justo es dar a estos nueve semestres vividos en CU, y a quienes de una u otra manera los han compartido conmigo, el justo peso que han tenido en mi existencia.
De eso y más trata este ensayo. Intenta ser una reflexión acerca de lo que ha sido mi carrera y su vínculo con otros asuntos. Es, a su manera, una suerte de "examen final" sobre algunas de las más valiosas enseñanzas que he recabado a lo largo de los últimos cuatro años y medio, no sólo desde el punto de vista estrictamente académico, sino también existencial. Y es que la universidad, después de todo, es más que aprender una profesión con la cual "ganarse la vida", es despertar a la misma y asumir una postura para encararla. Ya los lectores decidirán si merezco o no aprobar esta prueba.
Evocar mi faceta como educando equivale, inevitablemente, a recordar a los hombres y mujeres que me han dado clase. Sería injusto no hacerlo. No obstante, antes de ello quisiera expresar mi sentir en relación a algunas actitudes más o menos comunes entre los miembros de mi generación.
Muchos nos hemos quejado —y nos seguimos quejando— de determinados profesores. Clases aburridas, falta de dinamismo, explicaciones poco claras o tareas en apariencia sin sentido son, entre otros, los señalamientos que se repiten. En efecto, criticar y exigir calidad en los docentes, por supuesto, es completa y absolutamente válido; es más, lo considero necesario.
Sin embargo, así como John F. Kennedy pronunció la célebre frase "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que tú puedes hacer por tu país", creo que antes de volcarnos a despedazar la cátedra de cualquier mentor debemos detenernos a valorar nuestro propio desempeño. Igualmente, a pesar de las ínfulas que como estudiosos de la comunicación llegan a invadirnos, me parece de la más loable y bien entendida humildad tener siempre la capacidad de reconocer la propia ignorancia, que se desconoce de ciertos temas. Finalmente, a la universidad se acude a construir conocimiento, no a presumir una falsa sabiduría.
Expresadas las aclaraciones procedo con los agradecimientos: a Francisco Gomezmont y Alberto Dallal por su excéntrica erudición, a Mauricio Laguna Berber y Efraín Pérez Espino por su sarcasmo, a Porfirio Toledo y su lúcida parsimonia, a la punzante brillantez de Carlos León Molina, a la infinita paciencia de Virginia Careaga y Maira Pavón, al ingenio de Lourdes Romero, a la experiencia traducida en excelencia de Sonia Morales y Rigoberto López Quezada, a Lucía Rivadeneyra, de quien me vienen a la memoria algunas de sus reflexiones, como la intelectual "En México, Kafka sería costumbrista", o la tan certera "La ignorancia es muy osada" o, por último, la breve y serena "Saber escribir es saber pensar".
Mención aparte merecen dos mentores y, en mi caso particular, grandes amigos: Toibe Shoijet y Luis Carrasco. La profesora Toibe es, además de la tierna "abuelita" de muchísimas generaciones desde hace 25 años, la efusiva maestra que impulsa a sus alumnos a buscar conocer más e interesarse por todo lo que los rodea. El profesor Luis, por su parte, es un apasionado de los medios, un férreo crítico de industrias y productos culturales como Televisa y el cine de Hollywood, y —me consta— un aficionado a la disciplina.
En definitiva una de las experiencias que más me han marcado durante la licenciatura y en mi formación personal ha sido la de convertirme en ayudante de profesor. Para muchos de los que pertenecemos a este gremio, nuestra condición no sólo representa ostentar un "poder" que proporciona el título de adjunto, poder que, por lo demás, es efímero, insignificante.
Para mí, como para otras personas interesadas en la docencia, es una práctica obligada. Es —y en este punto recurro a un lugar común— pararte del otro lado, de espaldas al pizarrón, y ponerte a prueba, es decir, reparar en aquello en lo que como alumno te habría gustado recibir (además de un 10 y poca tarea) y encontrar el modo de brindarlo a otros. Es también, por cierto, un excelente ejercicio disciplinario al igual que para hablar en público y, no menos importante, una especie de retribución a la universidad por lo que te ha dado.
En este rubro debo agradecer la buena escuela de la provengo, la de Omar Astorga, Penélope Martínez, Laura Canales, Cecilia Rosen, Arturo J. Flores y Daniel Francisco, sin olvidar la magnífica influencia de quienes han sido mis compañeros en diferentes adjuntías: Lizbeth Hernández y Jesús Serrano.
De Liz tomo su ánimo, esas incansables ganas de abrir los ojos, de despertar a "los chavos", de echar a andar sus propios proyectos. Del buen Chucho me quedo con esa capacidad de ir, por así decirlo, "más allá de lo evidente", de penetrar en la cultura y, a través de sus interpretaciones, arribar hasta las causas últimas de las cosas.
Una anécdota: hace poco más de un año, cuando tuve la oportunidad de charlar con Eduardo Casar en la Facultad de Filosofía y Letras y me comentó que, dentro de las actividades que realizaba —escribir, preparar guiones para radio o televisión, investigar y atender sus cátedras— , la que más le gustaba era dar clases, en honor a la verdad, no le creí. Hoy día, no obstante, le entiendo bastante bien. He conocido pocas emociones como la satisfacción de estar frente a un grupo de personas más jóvenes que tú y sentir que les estás transmitiendo algo... o, al menos, que aparentemente te prestan atención.
Un par de meses atrás pude leer Cuentos chinos de Andrés Oppenheimer. En esta obra el periodista argentino analiza el panorama mundial actual y el papel, a su juicio, cada vez menos relevante de América Latina dentro del mismo. Así, Oppenheimer critica, por ejemplo, que Brasil, "el coloso del sur", pretenda erigirse en líder de la región relegando a otros protagonistas, o la creciente desigualdad en Venezuela, producto del manejo que una irresponsable clase política encabezada por Hugo Chávez hace del dinero proveniente de sus recursos petroleros —los famosos petrodólares— , o que, en su país de origen, los dirigentes, incluido el presidente Néstor Kirchner, adopten una hueca actitud altiva y al grito de "¡Argentina, Argentina!" se enorgullezcan de negarse a pagar la deuda externa.
México, por supuesto, no queda exento de crítica. Del Estado-nación del cual formamos parte Oppenheimer señala que se ha quedado "dormido" frente a los grandes retos planteados por la globalización, dentro de otras razones, porque sus principales líderes y aspirantes políticos —léase Andrés Manuel López Obrador, aunque, a mi gusto, no sólo él— permanecen en el discurso, en la demagogia, y por otro lado, sus instituciones de enseñanza pública han quedado rezagadas en relación a las exigencias de un mercado laboral global en el marco de la "Sociedad de la Información y el Conocimiento". Es explícita la dedicatoria a la UNAM, a la que el argentino califica como "modelo de ineficiencia" debido al enorme subsidio que recibe del Estado y a los pocos egresados en comparación con su alumnado.
Ahora bien, más allá de que como mexicanos o como gente de la UNAM, o ambas, podamos no estar de acuerdo con lo anterior —a lo que podríamos considerar una ofensa descarada— , o de lo neoliberal que pueda parecer esta apreciación, me parece que vale la pena retomar, aunque sea a manera de autocrítica, algunos de sus argumentos.
Uno de ellos es que la mayor parte de ese jugoso presupuesto no se va en financiar investigaciones, mejoras técnicas o la planta docente, sino en los salarios de los trabajadores administrativos. Aclaro: no pretendo acusar al Sindicato de Trabajadores de la UNAM de todos nuestros males o pugnar por su desaparición; sin embargo, sí creo que debería reformularse tanto la distribución de recursos como la relación y el desempeño de este organismo sindical con respecto al resto de la comunidad universitaria.
Por otro lado, Oppenheimer critica que quienes formamos parte de esta casa de estudios nos alcemos el cuello con los rankings mundiales, como el publicado por The Times, y el hecho de que, al momento de escribirse el libro, la universidad ocupara el lugar 95 (hoy día, como sabemos, se ubica en el 74), siendo la única de Latinoamérica dentro de los primeros 100 sitios. A grandes rasgos, el columnista de The Miami Herald cuestiona: "¿Cómo no va a ser con tales subsidios?".
Sobra decir que no comparto su punto de vista, pero lo que me resulta del todo acertado es que añada lo siguiente: como país y como miembros de una región, en vez de alegrarnos de que la UNAM sea la única universidad dentro de esa clasificación, deberíamos preguntarnos por qué sólo hay una en ese listado y preocuparnos por ello.
¿A dónde quiero llegar con todo esto? Valga el simplismo: está bien "ponerse la camiseta", pero hay que ponérsela en serio. Debemos aprender a valorar el asiento que ocupamos, a demostrar que lo merecemos y a contribuir, sin formalidades vacías o falso orgullo, a la vida de nuestra alma mater y a su trascendencia en el devenir nacional. ¿Cómo?
Con estudio, trabajo y autocrítica, tomando conciencia de la complejidad de este país y de este planeta, promoviendo una verdadera cultura política regida por la información, el respeto a la pluralidad de ideas, la inclusión y la participación constante. Utópico, lo sé. Por ello, aquí he de apoyarme en otro libro y otro autor, La imaginación y el poder de Jorge Volpi. En esta "historia intelectual de 1968" Volpi analiza el activismo de esas generaciones y rescata como una de sus características primordiales la capacidad de imaginar un mundo distinto a aquel en el que habitaban. Aunque fracasaron en su intento, si ellos pudieron, ¿por qué nosotros no?
Por otro lado, en un ámbito aún más cercano, una de las lecciones más valiosas que he aprendido en recientes años es que las personas y las cosas difícilmente son lo que a primera vista nos parecen. Creo factible que, como reza otro proverbio, la respuesta o la explicación más sencilla suela ser la acertada, pero a fin de alcanzarla debemos pasar antes por procesos de investigación y meditación profundos.
El prejuicio, el estereotipo. Pocos vicios tan peligrosos y —hay que admitirlo— terriblemente comunes como esa tendencia a querer pontificar, a creerse con la autoridad para definir a las personas, las situaciones o los problemas como si se fuera omnisapiente, a considerarse poseedores de "la razón", de la "verdad absoluta".
Actitudes así pueden cerrarnos muchas puertas, privarnos de interesantes posibilidades, mantenernos en el error, en la sombra. En mi caso, por fortuna, aunque hace un par de años no hubiera imaginado que uno de mis compañeros de generación, Mario Colina Álvarez, era no sólo un lector voraz sino un escritor en potencia, ahora con sinceridad le agradezco, dentro de otros intercambios literarios, haberme acercado más al admirable trabajo de Mario Vargas Llosa, haberme presentado a Sergio Pitol y a Alberto Fuguet, y haber hecho de mi conocimiento una hermosa cita de Edgar Allan Poe: "Las obras de los genios nunca son sanas en sí mismas".
¿Por qué titular estas cuartillas "La carrera interminable"? Cualquier lector podría preguntarse: "¿No se supone que ya estás por acabar?". Me explico. Este título, como insinué al principio, no alude únicamente al periodo de nueve semestres que dura nuestra licenciatura (por añadidura, tampoco se refiere al hecho de que aún me hace falta cursar una materia y, claro, realizar mi tesis).
Esta "carrera" de la que escribo es una cuestión personal, por así decirlo, una manera o un estilo de vida. Dicen que uno nunca deja de aprender. Pocos refranes me resultan tanto o más acertados que éste. La vida, por donde quiera que se le vea, es un eterno aprendizaje, una carrera sin fin —interminable— hacia el conocimiento, de este complejo mundo, de este caótico e impresionante país, de lo viejo y de lo nuevo, de las ciencias, las humanidades y las artes, de los otros, de uno mismo.
Mi experiencia me lleva a concluir que está en cada individuo decidir de qué manera afronta esa carrera: si abandona o de plano prefiere no correr, no arriesgar, no perder; si, como hacen los sprinters en las competencias de fondo y medio fondo, permanece rezagado para después aprovechar lo que fue logrado por otros; o si, a la manera del difunto y plusmarquista corredor de 5 mil metros estadounidense Steve Prefontaine, desde un principio busca la punta, se aferra a ella y, en última instancia, no pretende algo distinto que vencer sus propios límites...
Y sin más que agregar: en sus marcas, listos, fuera.